Worldroots.com

Brigitte's Pages

What's New
Site Map

Search
Engines

Main Page
Surnames
Research

Germany
Baden
Bavaria
Wuerttemberg

Royalty

Poets
Philosophers ...
Movers+Shakers
Entertainers

v. Stauffenberg
v. Wuerttemberg
v. Castell
v. Helfenstein

Popes
Cardinals
Saints

Family Search
Archives, etc.
Diaries

Argentina
South America

Fine Art

Russian
Impressionism
 
 
 

 
EL PRINCIPE TRANQUILO

Jesús Rodríguez
 

Ojo. No se confundan. No se llama Juan Carlos. Se llama Felipe. Ha crecido con la democracia. Cuando Franco murió tenía siete años. Trece recién cumplidos el 23-F. Uno más cuando los socialistas ganaron las elecciones. Sopló las velas de su mayoría de edad jurando la Constitución. Se chapuzó de libertad en la universidad. Es el príncipe más preparado de la historia de la monarquía española. Un día será rey. Un rey diferente.

23 de marzo de 1999, 16.45, aeropuerto John Foster Dulles. Aleccionados por la tripulación, los pasajeros del vuelo 3662 de Delta Airlines, entre Washington y Cincinnati, ocupan sus asientos en el estrecho Canadian Regional Jet. La mayoría son hombres de negocios norteamericanos. Todos ignoran al joven que ocupa el asiento 1B y lucha por encajar las piernas en el escaso espacio. 1,97 metros. Unos 85 kilos. Arrugas más profundas de lo que corresponden a sus 31 años. Pelo rizado, oscuro y orto domado a base de oficio. Pequeñas pupilas azules. Gruesas cejas. Barba cerrada. Manos nudosas, velludas, con dedos finos y algún padrastro impenitente. Traje gris de raya diplomática con tres botones, camisa pálida con los puños cerrados por gemelos de plata, corbata verdosa perfectamente anudada, zapatos marrones de dos hebillas,
cronómetro suizo. Un ordenador portátil sobre las rodillas. Su cabeza sobresale entre el rebaño aeronáutico. Podría tratarse de un ejecutivo, de un banquero. Es el heredero al trono de un país mediano de la vieja Europa. Se llama Felipe de Borbón. Nadie se percata. Tampoco de la media docena de jóvenes guardias civiles bien trajeados que se reparten por el avión.

Comienza un nuevo viaje para el príncipe de Asturias. El número 76 de sus visitas oficiales al extranjero. Esta vez, la capital de Estados Unidos y el Estado de Kentucky. Una cátedra de Estudios Hispánicos en Washington y una planta industrial de la firma española Acerinox en Ghent. Economía y cultura. Dos de las actividades con las que más se identifica. “Me siento cerca del mundo empresarial; es un mundo emprendedor, dinámico, en movimiento. Es un sector que realiza algo tangible por nuestro país. Quiero hacer todo lo que pueda por ese sector, abrir todas las puertas que me sea posible y ser su embajador si ellos lo creen y me siguen lamando”, confesaría más tarde a este periodista durante la entrega de los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Una misión complicada mantener una conversación informal con el heredero al trono español (no concede entrevistas), dado el férreo servicio de seguridad que le rodea. Si se logra, su trato es amable. A esa breve conversación la precedieron y seguirían 
otras, siempre en actos públicos.

Cincinnati, 17.15. El anonimato se rompe. Un enjambre de todoterrenos con los cristales
tintados y sheriffs tocados con sombreros Stetson ocupa la pista de aterrizaje. Los pasajeros observan el despliegue con sorpresa. “Who’s?”.

El gobernador de Kentucky, Paul E. Patton, recibe con calor a su invitado. Es un honor. Un príncipe de verdad en uno de los Estados más deprimidos de la Unión. Felipe de Borbón nos comentará horas después su predilección por Estados Unidos: “Los norteamericanos tienen una serie de características que si las entiendes y conectas con ellas logras que el trato sea muy fluido y carente de protocolo”. Más tarde remataría su razonamiento: “Trabajar para lograr la implantación y el conocimiento de España en el mundo es uno de mis objetivos primordiales”.

Cuando está serio, el Príncipe ofrece una expresión dura, adusta, distante. Impone. La
mandíbula tensa, los ojos entornados, los labios perfilados en una línea que los hace invisibles. Escudriña desde su azotea. Su mirada se detiene en algo o alguien y continúa su recorrido. No se le escapa nada. En mitad de un acto oficial puede descubrir a su secretario, Jaime Alfonsín, de pie en un rincón y mostrarle con una seña un asiento libre en la primera fila. “Es un detallista”, afirman sus subordinados.

                La imagen hierática se evapora cuando sonríe. El rostro se vuelve infantil y dulce.
                Aparecen unos dientes imperfectamente alineados que, junto a sendas cicatrices en la
                barbilla y en el labio superior y una onda rebelde en el tupé, proporcionan un
                reencuentro con su lado humano. Felipe de Borbón sonríe a menudo. Eso le salva.
                También se ríe. Fuerte, desde dentro; arquea la espalda y echa la cabeza hacia atrás. Y
                trae por unos segundos a la memoria una vieja foto de su abuelo paterno, don Juan de
                Borbón.

                Es cierto que muy pocos le conocen. Pocos han logrado atravesar las mil capas de esta
                cebolla regia, pero muchos coinciden en el juicio. Los cinco primeros mandamientos
                rezan así: tímido, prudente, preparado, agradable y serio. Si se bucea en un círculo un
                poco más cercano, se añaden a esta lista los adjetivos responsable, cariñoso, sutil,
                curioso, reflexivo y reservado. Una vuelta de tuerca más y aparece un testarudo,
                entrañable, sentimental, romántico, tranquilo hasta la pachorra, dotado de una memoria
                fotográfica y de un poco frecuente sentido común, sólido en sus convicciones, experto
                contador de chistes, buen gourmet, adicto a la amistad, enormemente celoso de su
                intimidad y, sobre todo, “un hombre cómodo en su papel; se encuentra bien en su
               oficio, ha sabido cogerle el tono y no tiene conflictos existenciales sobre su destino”. La
                frase la pronuncian calcada uno de los corresponsales de prensa extranjera más
                prestigiosos de nuestro país y un importante hombre de negocios y ministro durante la
                transición. Muy ilustrativo.

                Dicen que es tímido. Que lo fue mucho más. Que le hacía aparecer huraño y soberbio.
                Que lo ha superado. Que hoy domina la situación. En cualquier caso, nunca habla si no
                tiene algo que decir.

                Tímido o no, poco importa. Él sabe lo que siente; la sensación que le recorre la espina
                dorsal en el instante en que hace su aparición, solo, como un torero, en un acto público.
                Ese momento en que se convierte en la diana, en que centenares de personas
                enmudecen y centran su atención en esa figura enorme de andar un poco marcial, que
                se hume dece mecánicamente el labio inferior.

                “Claro que está preocupado por hacerlo bien. Se pone nervioso cuando tiene que
                pronunciar un discurso importante. Pero no lo exterioriza, lo lleva por dentro. Por fuera
                no se inmuta”, describe un antiguo colaborador de La Zarzuela.

                No es fácil descubrirle puntos débiles cuando, tras apretar decenas de manos con la
                presión de una tenaza, sonríe, pregunta, posa y aguanta el envite de un torrente de
                personas que, día a día, acto a acto, ciudad a ciudad, quieren saludarle. Siempre
                sonriente. Actores, políticos, artistas, estudiantes, ecologistas, militares, científicos,
                deportitas, empresarios. “Quiero que me conozcan los españoles, si no nada tendría
                sentido; el trabajo, el esfuerzo. Quiero conocer cada vez más a la gente, y que ellos me
                conozcan cada vez más a mí, y que haya un intercambio de información sobre cómo
                soy yo y cómo son ellos, y cuáles son sus problemas”, contestaba a este periodista
                durante un acto cultural en la madrileña Casa de América rodeado de universitarias a la
                caza de una foto. Entre sus cualidades, un diplomático que ha trabajado con él añade:
                “Una paciencia digna del santo Job”.

                Disciplina y entrenamiento, 31 años de oficio. Desde su primer acto público: su bautizo.
                Era el 8 de febrero de 1968, y el evento reunió, por primera y última vez, a Franco, don
                Juan de Borbón y a su bisabuela, la reina Victoria Eugenia, que nunca antes había
                acudido a un acontecimiento familiar, ni siquiera a la boda de sus hijos. Con Felipe hizo
                una excepción: dejó constancia de que era el heredero. Fue su último servicio a la
                familia. Moría un año después.

                El oficio. Sabino Fernández Campo, secretario general y jefe de la Casa Real entre 1977
                y 1993, opina que, “aunque se repita que los Reyes y sus hijos constituyen una familia
                normal, se dan en ellos condiciones extraordinarias de tradición, futuro, misiones,
                seguridad, protocolo y ejemplaridad que marcan una diferencia. Todo ello dentro de una
                gran sencillez y naturalidad, pero sin olvidar la trascendencia de sus actividades
                públicas”. Felipe de Borbón es un hombre normal, pero no es un hombre normal. Ésa es
                la magia de la Monarquía. Cuentan que cuando el Príncipe embarcó hacia Canadá en
                1984, el Rey le hizo una advertencia: “Cualquier cosa que hagas la van a mirar con
                lupa”. No exageraba. La expectación hacia su imagen, palabras, gestos y actitudes es
                impresionante. Aurelio Menéndez, ex ministro de Educación, catedrático de Derecho
                Mercantil y coor dinador de sus estudios entre 1988 y 1993, cree que “esa enorme
                disciplina que necesita para afrontar su responsabilidad histórica sería difícilmente
                soportable por alguien que no haya sido educado para esa situación. Se consigue
                viviendo en un ambiente, en un clima determinado. Y el de un príncipe es especial desde
                que nace”. El Príncipe afirmaba sobre su profesión a este periodista: “Es un oficio difícil
                de definir, de explicar; un oficio que sólo tiene un objetivo: servir a los españoles. Un
                oficio de familia que hay que perfeccionar cada día”.

                En privado, pero muy, muy en privado, Felipe de Borbón, DNI 015, es uno más. Pero
                es un mundo al que apenas un puñado de personas tiene acceso. En el que es,
                simplemente, Felipe. En el que se levanta de la mesa para ponerse una copa, cuenta el
                último chiste sobre su persona o se machaca al padel. En el que las pizzas se encargan
                por teléfono. Un mundo con buzón de voz y dirección. Un mundo en el que él mismo
                recoge con servilletas la deposición que su querido perro Puskin (su inseparable
                schnauzer negro) acaba de derramar sobre una elegante alfombra. Un mundo en el que
                el cine, siempre en versión original, es la droga. Y el fútbol, no. Un mundo con rincones
                recónditos. Un mundo con espacio para el amor. Un mundo en el que él y sólo él
                decidirá cuándo, cómo y con quién contraerá matrimonio. Un mundo en el que el mar es
                la libertad. 

                Nunca hubo a su alrededor curas, grandes de España ni duchas escocesas. Tuvo una
                niñez feliz. Sus padres han luchado por funcionar puertas adentro como una familia
                corriente. “La Zarzuela no era una casa lujosa, había muchas casas en Madrid más
                grandes y pretenciosas”, explica una amiga de la alta sociedad. “Las infantas, por
                ejemplo, dor mían juntas y el servicio era mínimo. Era una casa muy normalita”. Según
                el general de brigada José Antonio Alcina, ayudante del Príncipe entre 1982 y 1993,
                “siempre han vivido de una forma íntima y familiar; a mí me sorprendió cuando me
                contaron que Franco comía con los ayudantes militares y el jefe de la guardia. En La
                Zarzuela, la familia se reunía a las 2.30. Y nadie ha sido testigo de esos almuerzos. Hay
                una reja que indica que de ahí para dentro es su territorio”. “Y yo creo que esa situación
                de afecto, ese calor, ha conseguido librar a los hijos de muchas cosas por las que han
                pasado los miembros de la familia real británica. Aquí ha habido cariño. Y broncas, si
                han hecho falta. Eso lo han cuidado mucho los Reyes”, añade una persona del entorno
                inmediato. “La relación con sus padres es normal, como la mía con mis padres. Lo que
                pasa es que el Príncipe tiene al mismo tiempo otra relación paralela con ellos. No es que
                su relación se divida, es que son dos relaciones distintas a dos niveles. Y el Príncipe
                disfruta las dos”, explica Jaime Carvajal, amigo de la infancia y hoy miembro del
                gabinete del presidente del Banco Mundial en Washington.

                Lo duro empezó en 1984. Canadá: el frío, la distancia, la soledad. “Aprender a buscarse
                nuevas amistades en un lugar lejano, en el que se hablaba otro idioma y él era menos
                conocido que en su país, donde podía estar rodeado de atenciones y, a veces, hasta de
                aduladores no siempre convenientes”, recuerda Sabino Fer nández Campo, uno de los
                impulsores de aquella iniciativa. 

                Un juego de niños respecto a lo que vendría después: las academias militares. Pensar
                poco y obedecer mucho. Disciplina, orden, servicio, sacrificio, puntualidad, ejercicio. Y
                destacar. “Y yo creo que el ejército le vino muy bien; en su trabajo, la fuerza de
                voluntad es fundamental; la preparación, la rigidez, la corneta a las seis de la mañana.
                Eso es muy bueno para un heredero: que se dé cuenta de que no es un camino de
                rosas”, explica uno de sus profesores. 

                Teniente de Tierra y Aire, alférez de navío de la Armada. Enamorado de la aviación
                hasta el punto de tener que ordenarle más de una vez que aterrizara. Llegaba el momento
                de “civilizar al Príncipe”, como le dijo el general Fernández Campo a Cayetano López,
                rector de la Universidad Autónoma de Madrid, en aquel 1988. El equipo que se formó
                para programar su futuro (entre ellos, Enrique Fuentes Quintana y Aurelio Menéndez)
                tenía claro que “las academias militares no dan una experiencia de la vida; todo está
                dirigido. El Príncipe tenía que llevar una vida de estudiante y conocer a jóvenes de
                distintas procedencias. Necesitaba un baño de mundo civil”, explica uno de los
                asistentes a las reuniones.

                La elección de la universidad (la Autónoma de Madrid) y la carrera (Derecho y siete
                asignaturas de Económicas) trajo de cabeza al grupo encargado de su formación. No
                había precedentes. Como en todo lo relacionado con el príncipe de Asturias, se hace
                camino al andar. En su educación, actividades, funciones, organización. No hay textos.
                Ni siquiera la historia vale. “Hace cuatro siglos, un príncipe se legitimaba por la sangre;
                hoy, por el ejercicio”, explica un jurista cercano a La Zarzuela. Tampoco sus
                predecesores inmediatos sirven como referencia. Alfonso XII fue coronado a los 18
                años y Alfonso XIII a los 16; don Juan de Borbón vivió 50 años exiliado como rey sin
                corona. Don Juan Carlos tuvo que soportar el sable del dictador pendiendo sobre su
                cabeza durante décadas. En la práctica, el príncipe de Asturias es el primer príncipe de
                Asturias.

                Durante cinco años, el Príncipe se peleó con el derecho y las eco nómicas en la
                Autónoma de Madrid. “Pero lo más importante es que cuando dejó la universidad tenía
                un sólido compromiso con la democracia y la libertad. Aquí se codeó con gente distinta.
                Se abrió al mundo”, define uno de sus catedráticos.

                Felipe de Borbón trató en la universidad con profesores que procedían del
                antifranquismo. Alumnos de todos los niveles sociales. Tuvo encuentros con Santiago
                Carrillo, Felipe González, Jordi Pujol, José Antonio Ardanza y muchos más. Y quedó
                fascinado con Francisco Tomás y Valiente, su catedrático de Historia del Derecho y ex
                presidente del Tribunal Constitucional. Cuando fue asesinado por ETA, en febrero de
                1996, lloró. Dos años más tarde presidiría la presentación de las obras completas de su
                antiguo profesor. Era su homenaje.

                Es sensible. Las penas de la gente le tocan hondo. Los que le conocen lo confirman: “Lo
                pasa mal cuando ve imágenes de catástrofes; en visitas a lugares donde ha habido algún
                siniestro, ha tenido que hacer de tripas corazón”, explica un antiguo ayudante. Él mismo
                confesaba en un reportaje concedido a TVE cuando cumplió 30 años: “Cuando se acude
                a un funeral de esas características no es fácil nuestra presencia, no es una cosa que se
                haga con comodidad. Pero no hay que olvidar que voy como heredero de la Corona, y
                no puedo olvidarme de esa condición. No puedo dejarme llevar. Tengo que mantener
                una entereza digna de lo que represento”. 

                La prudencia personificada. Dicen que le falta el tirón popular del Rey; su simpatía
                espontánea. Sus tablas. El olfato, la inteligencia política desarrollados tras muchos años
                de dificultades. Felipe de Borbón lo suple con reflexión. Tiene su propio estilo. Ni mejor
                ni peor: el suyo. Escucha. Observa. Estudia. Busca información. Pide papeles. Duerme
                poco. Internet y CNN le acompañan de madrugada. Toma notas continuamente. Luego
                las desarrolla. Toca y retoca los discursos que le escriben. Tacha, añade, sube y baja,
                sustituye, estudia cada palabra hasta el paroxismo. El resultado es prácticamente suyo.
                En sus intervenciones abunda la palabra solidaridad.

                Nunca se precipita. Elabora mucho sus argumentos. Es metódico. Ante una cuestión
                delicada, para, templa y manda. Tarda en responder. Entorna los ojos, los esconde bajo
                sus cejas y, con voz un poco monótona, desgrana las respuestas muy serio, paladeando
                cada una de las palabras. Las frases parecen salirle de muy hondo. Dice lo que debe. Ni
                una palabra más. Por ejemplo:

                –¿Qué opina de la designación de Romano Prodi como presidente de la Comisión
                Europea?

                –Era previsible, ¿no?

                Ante una duda, la Constitución es su salvavidas. Se la sabe de memoria. Conoce a la
                perfección las funciones y competencias del Monarca. Sus límites. Una persona muy
                cercana al Príncipe recuerda cómo, en un encuentro con periodistas, el heredero se
                encontró en un momento dado entre la espada y la pared. “Y me agarré al cuello de la
                Constitución y no me solté hasta que terminó todo”, le explicaba más tarde con buen
                humor.

                Carmen Iglesias, catedrática de Ideas Políticas, que mantiene largas reuniones con el
                Príncipe cada dos semanas para hablar de temas históricos, explica cómo “el Príncipe
                es consciente de que posee una legitimidad dinástica, pero sobre todo una legitimidad
                constitucional. Hay continuidad y al mismo tiempo un cambio que no tiene nada que ver
                con lo anterior. Es muy consciente de su papel histórico y lo acepta como un bien para
                el país. No tiene nostalgia del pasado”.

                Sin embargo, el papel y las funciones de este entusiasta de la ley de leyes no están
                perfilados en la Carta Magna. Lo que por un lado le da flexibilidad en el diseño de su
                oficio como príncipe heredero, en alguna ocasión le puede dejar desasistido. “Respecto
                al Príncipe, la Constitución sólo prevé el juramento al cumplir la mayoría de edad, la
                regencia y las normas para el matrimonio”, explica Fernández Campo. “Y el hecho de
                que no estén reguladas sus actividades puede inducir a la conveniencia de aclararlas o
                reglamentarlas como complemento de la Constitución. Habría que buscar el término
                medio ideal: ni una indefinición absoluta, ni una normativa exhaustiva. Porque hasta el
                momento en que sea coronado, el Príncipe realiza misiones, acude a infinidad de actos,
                pronuncia discursos, visita países extranjeros y autonomías. Sin duda tiene importancia
                lo que hace; lo que dice, lo que promete o lo que incluso puede censurar. El tacto tiene
                que ser adecuado y la prudencia extraordinaria. Su actuación ha de convertirse en una
                auténtica obra de arte”.

                Para conseguir el más difícil todavía, el equilibrio perfecto, el Príncipe cuenta con un
                equipo mínimo. Tiene a su disposición todos los servicios de la Casa Real, pero a nivel
                personal dispone de un secretario, tres ayudantes militares y tres funcionarios; todos
                dependen jerárquicamente del jefe de la Casa. También tiene asignados normalmente los
                mismos escoltas al mando de un comandante de la Guardia Civil que lleva 11 años a su
                lado. Y para cuidar su imagen, dos ayudas de cámara.

                José Antonio Alcina, de 62 años, fue la primera persona que le acompañó. Su sombra
                durante una década. Ayudante, consejero, tutor, su tutela fue básica hasta que, a finales
                de 1993, fue apartado del cargo. Era la última pieza en el cambio de imagen (profesional
                y generacional) que se dio a comienzos de ese año en La Zarzuela con el relevo de los
                generales Sabino Fernández Campo y Joel Casino y su sustitución por dos miembros de
                la carrera diplomática: Fernando Almansa y Rafael Spottorno.

                Seguramente, para los dos años que Felipe de Borbón iba a pasar en la Universidad de
                Georgetown hacía falta un perfil distinto que el del general Alcina. Alguien menos ligado
                al Príncipe. Éste fue Enrique Pastor, un diplomático que a su brillante carrera,
                desarrollada en gran parte en Washington, añadía el hecho de ser amigo y compañero de
                promoción de Fernando Almansa. Pastor, nacido en 1948, fue un secretario coyuntural
                y eficaz que nunca perteneció al staff de La Zarzuela. Hoy es jefe de protocolo de la
                Presidencia del Gobierno.

                Por fin, tras la vuelta del Príncipe a Madrid, en noviembre de 1995, era llamado para
                ocuparse formalmente de su secretaría Jaime Alfonsín, un abogado del Estado nacido en
                1956 y que nunca había hablado con los Reyes ni con su hijo. Un técnico. Pocos saben
                de dónde surgió el nombre. Pero el nuevo secretario unía a su condición de servidor
                público la virtud más valorada en La Zarzuela: la discreción. Además, su carrera incluía
                experiencia en la Administración, la banca, la enseñanza y la abogacía en uno de los
                bufetes más prestigiosos de nuestro país: Uría y Menéndez. Hoy, Alfon sín es pieza
                importante en el entorno del Príncipe.

                Pero antes, entre 1993 y 1995, Felipe de Borbón disfrutó toda la libertad: por primera y
                última vez en su vida. Y de paso se formó en una de las grandes cunas de la diplomacia
                mundial, la Edmund A. Walsh School, donde el presidente de EE UU, Bill Clinton, había
                sido alumno 26 años atrás. Fue una buena experiencia. Para su vida y para su oficio. En
                Georgetown vivió como uno más. Un amigo recuerda al Príncipe al volante de una vieja
                furgoneta cargada de muebles baratos rumbo a Winfield, 7, el adosado que alquiló con
                su primo Pablo de Grecia y en el que transcurrió su vida de estudiante. El ordenador en
                la cocina, un banco de pesas en el dormitorio. Las palizas en bicicleta por el Canal. El
                supermercado en pantalón corto. Halloween. Las cenas con su vecino Mario Vargas
                Llosa. Las excursiones en su Ford Explorer. Nueva York. Las fiestas cuando España
                ganaba un partido en el Mundial 94. Y una escapada en enero de 1994 a Pretoria para la
                toma de posesión de uno de los políticos que más le a tra en: Nelson Mandela. 

                Dejó buen sabor de boca en Georgetown. Pasó inadvertido. Más en la calle que en clase,
                donde sus comentarios sobre los personajes de la política mundial que había conocido
                siempre eran bien recibidos. Pronto tuvo también fama de buen bailarín de ritmos latinos
                y excelente elaborador de tortillas de patata, como explica Karen Klein, una mallorquina
                de su curso hoy dedicada a las finanzas en Filadelfia, que se ríe recordando “cómo en
                su casa nunca faltaba el jamón que le mandaban de España… por valija diplomática”.

                No perdió el tiempo. Consiguió la máxima calificación, summa cum laude, al final de su
                master en Servicio Exterior. “Se especializó en lo que serán los tres ejes de su labor
                diplomática: Latinoamérica, norte de África y Oriente Próximo. Hoy su conocimiento y
                sus contactos en esas zonas son envidiables. Tiene información privilegiada debido a su
                amistad personal con las monarquías de esas regiones. Y a que asiste a las tomas de
                posesión de los jefes de Estado americanos. Está tejiendo una red de la que muy pocos
                políticos pueden presumir. En ella están desde el rey de Jordania, Abdalá; el heredero
                marroquí, Sidi Mohamed, con el que tuvo mucho trato en Estados Unidos, o, sin ir más
                lejos, Bill Clinton”, describe un diplomático.

                Tras el paréntesis de Georgetown, el Príncipe ha comenzado a ejercer. No para. Aunque
                su máxima dedicación (casi un empleo bis) es la Fundación Príncipe de Asturias, que
                otorga cada año los premios que llevan su nombre. Es su pasión. Otra es el
                voluntariado, el mundo de las ONG. Ahí la infanta Cristina siempre es una fuente de
                información.

                Despacha a diario con su padre (jefe, consejero, amigo y ejemplo), con su secretario;
                asiste a las reuniones en las que los Reyes repasan con el jefe de la Casa Real y el
                secretario general el funcionamiento de la institución y analizan y discuten el calendario
                y el reparto de actividades. Siempre opina. Siempre se apunta a los almuerzos privados
                de los Reyes con personajes de primera fila; el último, Kofi Annan, secretario general de
                las Naciones Unidas. Asiste a maniobras militares. A las reuniones de la Junta de
                Defensa Nacional. Preside organizaciones y fundaciones. Inaugura, visita, patrocina,
                promueve. Concede audiencias a profesionales de su generación. Ya ha visitado ocho
                comunidades autónomas, siguiendo el consejo de su padre de hacerse conocer por los
                españoles. Periplos maratonianos. Hoy por hoy, esta es su mayor ilusión. Y “ser útil”:
                dos palabras que encierran su pensamiento.

                ¿Y el futuro? Nunca habla de cuando llegue al trono. Según uno de sus catedráticos, al
                Príncipe le tocará como rey “gestionar la normalidad, ser un técnico de la Monarquía;
                no va a tener una misión histórica como la de su padre, pero saber moverse a velocidad
                de crucero también es difícil”. “¿Su papel?”, se pregunta Fernández Campo, “el mérito
                tal vez radique en la normalidad de todos los días, sin aspirar a grandes gestos ni a
                acontecimientos que marquen momentos históricos, sino a ejercer la moderación, que,
                al fin y al cabo, será su función más importante cuando llegue al trono”. Para Aurelio
                Menéndez: “El cometido del Príncipe será gestionar su herencia e impulsarla. Tiene que
                estar alerta ante lo que viene: la tecnología, la internacionalidad, la globalidad; esa Europa
                de dentro de 20 años que hoy es inimaginable. Tiene un papel lleno de contenido: acertar
                a impulsar la España del 2000 por nuevos caminos. No será de tal relumbrón como traer
                la Monarquía o la Constitución, pero tendrá su papel”.

                El Príncipe, siempre que puede, lanza un mensaje: “No estoy a la espera. Es cierto que
                día a día voy creando el puesto, pero no me siento a la espera. Mi puesto tiene un
                contenido que vas perfeccionando. Acudes a cosas que te piden; pero tú también, de
                forma flexible, vas añadiendo cometidos. Soy, por ejemplo, como un teniente coronel
                que está cómodo en su puesto, le da contenido y tiene unas funciones. Y a lo mejor un
                día asciende a general, pero mientras tanto lo hace lo mejor que puede”.

                La Monarquía de Felipe VI 

                Charles T.Powell

                No resulta fácil especular sobre la evolución futura de una Monarquía parlamentaria
                como la española desde una Europa finisecular en plena transformación. ¿Cómo será la
                Unión Europea –ese “objeto político no identificado”, en frase feliz del profesor
                Quermonne– en el año 2030? ¿Qué tipo de relación existirá entre los actuales Estados
                miembros y Bruselas? ¿Qué quedará para entonces de las soberanías nacionales de
                dichos Estados? ¿Y cómo será para esas fechas el Estado de las autonomías español?
                No es éste el lugar ni el momento para intentar dar respuesta a estos interrogantes. Al
                igual que otros Estados europeos, el español está inmerso en un proceso de cesión de
                soberanía, tanto hacia el ámbito supranacional comunitario como hacia el ámbito
                autonómico subnacional, de alcance difícil de precisar. Pero, por importantes que sean
                los cambios que se produzcan como resultado de ambos fenómenos, parece prematuro
                decretar la defunción del Estado europeo contemporáneo, y con ella la de su jefatura,
                sea ésta de carácter electivo o hereditario. 

                Paradójicamente, la Monarquía española está mejor situada para afrontar los retos que
                puedan presentarse en el siglo venidero que otras que han conocido una mayor
                continuidad y estabilidad en el pasado. Ello se debe fundamentalmente a que, tras la
                muerte de Franco, la institución tuvo que reinventarse a sí misma para adaptarse a las
                difíciles circunstancias políticas del momento. Animado por las exigencias del proceso
                democratizador, el rey Juan Carlos pudo forjar una nueva Monarquía a su imagen y
                semejanza, acorde con las necesidades y posibilidades del Estado al que pretendía servir.
                Gracias a ello, en la actualidad el Rey de España no tiene que enfrentarse a algunas de
                las cuestiones que preocupan a otros monarcas, tales como las relaciones
                Iglesia-Estado, el espinoso asunto de la financiación de la institución o su proyección
                exterior. Salvo que se produzca una modificación radical de la Constitución de 1978, es
                de suponer que el papel político del futuro Felipe VI será similar al desempeñado por su
                padre durante los últimos cuatro lustros, y que ha consistido, según la clásica fórmula
                de Bagehot, en ser consultado, aconsejar y estimular. Pero además de definir al Rey
                como jefe del Estado, la Constitución le otorga la condición de símbolo; es decir, aquel
                elemento de la realidad en el que, mediante imágenes, se expresan no sólo sentimientos,
                sino conocimientos, y en virtud del cual se tiene acceso a un orden distinto, difícil
                cuando no imposible de alcanzar por otras vías. Al igual que su padre, el futuro Rey
                ostentará la representación simbólica de España y la de los pueblos que la integran, lo
                cual le permitirá desempeñar una función integradora que previsiblemente cobrará aún
                más importancia en el futuro. Tampoco hay motivo para pensar que a corto o medio
                plazo pueda sufrir grandes cambios lo que podríamos denominar la función exportadora
                de la Corona, que de forma tan destacada ha contribuido al conocimiento y al prestigio
                de España en el exterior, y muy especialmente en América Latina. 

                El potencial integrador de la Corona no tiene por qué circunscribirse al ámbito territorial.
                Las tendencias migratorias actuales permiten suponer que, con el paso de no mucho
                tiempo, la sociedad española será notablemente más heterogénea desde un punto de vista
                étnico y cultural. En otras sociedades ya se ha constatado que, gracias a su enorme
                visibilidad, una magistratura simbólica como es la Corona puede facilitar la integración
                de los inmigrantes al fomentar la tolerancia y el respeto mutuo, fenómeno que también
                podrá darse en el caso español. Un autor británico, deseoso de dotar de nuevos objetivos
                a la monarquía de su país, el profesor Prochaska, vaticinó en 1995 que las
                preocupaciones sociales de la Corona pronto se convertirían en su principal razón de
                ser, dando lugar a una nueva monarquía del bienestar (welfare monarchy). Por bienestar
                no entendía solamente la calidad de vida material de los ciudadanos, sino también los
                beneficios que podían derivarse de la integración de los sectores marginados de la
                sociedad. Como ha reconocido el propio Prochaska, la filantropía a gran escala
                auspiciada por la Corona entraña cierto riesgo, ya que puede entrar en conflicto con
                otras instituciones del Estado si da la impresión de querer suplir (o contrarrestar) sus
                políticas. A pesar de ello, es probable que en el futuro una Monarquía como la española
                procure intensificar sus relaciones con la sociedad civil. Nos guste o no, esta última se
                moviliza con mayor rapidez y entusiasmo a instancias de la Corona que cuando es
                convocada por el Gobierno, el Parlamento o los partidos políticos. Es posible que ello
                refleje no sólo la fuerza de la dimensión simbólica de la Corona y su capacidad de
                convocatoria, sino también el escaso prestigio y popularidad del que gozan actualmente
                los políticos profesionales en nuestras democracias. Pero, en todo caso, también
                demuestra que la sociedad civil ve en la Corona algo más que la encarnación de la
                jefatura del Estado, y no hay motivo alguno para que ésta no aproveche al máximo su
                potencial. A lo largo de la historia, la Monarquía ha demostrado ser una institución
                sorprendentemente adaptable. Desde un punto de vista constitucional, Bill Clinton está
                mucho más cerca de George Washington que Juan Carlos I de Carlos III. Como en su
                día descubrieron los Gobiernos socialdemócratas de buena parte de Europa, y algo más
                tarde los españoles de 1977 o 1982, la Monarquía puede proporcionar grandes dosis de
                estabilidad y legitimidad. Y todo hace suponer que así seguirá siendo bajo el reinado de
                Felipe VI.
              Charles T. Powell es historiador.
 

Worldroots Home Page